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Oraciones Señora de la Paz

Santa RebecaSanta Rebeca
El Lirio del Líbano

          Petra Choboq Ar-Rayes, nombre real de Santa Rebeca, nació el 29 de junio 1832 en Himalaya, Líbano. Hija única, su madre, Rafqa (Rebeca), murio cuando ella tenía seite años. Su Padre, Murad, la envió a Damasco a la casa de unos amigos, la familia EL-Badwi. Volvió al Líbano a la edad de 14 años y encontró que su padre había vuelto a casarse.

          Poco se sabe de la infancia de Petra; sólo que llegada su adolescencia, su familia se propuso casarla y ello provocó amargos altercados entre su madrastra y una de sus tías. Petra no pudo soportar esto y decidió huir y hacerse monja, en El Convento de Nuestra Señora de la Liberación en Bikfaya, que pertenecía a las religiosas Mariamettes. Su familia la siguió para convencerla de regresar, sin embargo, otra religiosa les informó que la decisión de Petra era irrevocable. En este momento ella hizo el propósito de servir a Dios, todos los días de su vida, aun en medio del sufrimiento.

          Tiempo después la comunidad de las religiosas Mariamettes desapareció, por conflictos políticos, y Sor Anissa, que tal era su nombre religioso, accedió al monasterio de La Orden Libanesa Maronita esta vez como Rebeca, donde vivió hasta el final de sus días.

          En 1860, Rebeca fue trasladada a Deir al-Qamar, para enseñar el Catecismo a los jóvenes. Tuvieron lugar en aquel período los dramáticos acontecimientos que ensangrentaron Líbano en aquel año. Rebeca vio con sus propios ojos el martirio de un gran número de personas. También tuvo el ánimo de esconder a un niño bajo su propia capa, salvándolo de la muerte. Estuvo en Deir al-Qamar cerca de un año, luego regresó a Ghazir.

          Su vida es brillante ejemplo de fe inquebrantable y devoción a Dios en medio del sufrimiento. Rebeca fue conocida por su heroísmo, coraje y firmeza. Como religiosa fue ejemplo de su Regla, actuando siempre con dulzura y recogimiento.

          Cuando todavía gozaba de buena salud, un día en oración, le suplicó a Dios hacerla participar en su Pasión redentora. Su ruego fue atendido esa misma tarde: ella empezó a sentir fuertes dolores de cabeza y poco después el dolor se extendió a sus ojos. Todos los tratamientos resultaron inefectivos y se decidió mandarla a Beirut para intentar otros tratamientos. Durante el viaje se detuvo en Biblos, dónde fue confiada a un médico americano que, después de analizar su caso, decidió operarla, pero durante la operación le extrajo por error el ojo derecho. La enfermedad pronto afectó al ojo izquierdo y los médicos juzgaron que cualquier tratamiento sería inútil. 

          Después sufrió una terrible artritis crónica, que la dejó por siete años en cama y que eventualmente la desfiguró por completo. En medio del sufrimiento Rebeca jamás se quejó, ni molestó a nadie, únicamente se le oía decir: Para la Gloria de Dios, en comunión con la pasión de Cristo.

          Sólo Dios sabe lo mucho que tuvo que soportar. Su dolor era continuo noche y día pero su fe no se quebrantó, y ofreció sus dolores físicos para propiciación de los pecados de toda la humanidad, sobre todo, de su nación.

          Antes de su muerte, el cuerpo de Rebeca se había convertido en un montón de huesos cubiertos de fina piel, incluso las religiosas que la atendían, temían moverla por miedo a que se dislocaran todos sus huesos.

          Su enfermedad se fue agravando y finalmente murió el 23 de marzo de 1914, a la edad de 82 años. Con su último aliento todavía repitió la oración: Jesús y María os doy el corazón y el alma mía.

          En 1925, por la fama de su santidad y sus milagros, fue solicitada su Beatificación. El 17 de noviembre de 1985 fue proclamada Beata y el 10 de junio 2001 fue proclamada Santa, por Su Santidad el Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro en Roma.
  
          Santa Rebeca se propuso durante toda su vida ir más allá del simple servicio de Dios. La meditación sobre la vida de esta insigne mujer debe mover a todo cristiano a aceptar las dificultades y sufrimientos con mayor resignación, a aceptar la voluntad de Dios y a dar al sufrimiento un valor auténticamente cristiano con el fin de que: " en el terrible combate entre las fuerzas del bien y del mal, cuyo espectáculo se ofrece en nuestro mundo contemporáneo, venza el sufrimiento en unión con la cruz de Cristo." (Salvifici doloris n.31)